viernes, 5 de septiembre de 2008

Tener miedo

Siempre le tuve miedo a casi todo. Eso de criarme en un colegio burbuja contribuyó mucho más a desarrollar la timidez con la que nací. Con el correr de los años me di cuenta que ya casi no le temo a nada, salvo un par de miedos que no superaré ni aunque cumpla 100 años. Sin embargo, muchas veces me someto voluntariamente a situaciones en las que sé que tendré miedo, para enfrentarme a él. Eso antes era del todo impensable.
Un miedo típico que nos meten los papás desde niños es esa huevada de no hablar con extraños. Cuando tenga hijos jamás les prohibiré eso, es muy choqueante. Es preferible decirle al cabro chico que no se puede ir a ningún sitio con un extraño y asunto arreglado.
El otro día me di cuenta lo mucho que hablo con extraños. Algo prácticamente imposible en mi época escolar en que los extraños eran un par de seres en las calles y las amistades de mis padres. Hoy hablo con cada persona que se me pasa por delante. Es de lo más raro. Y no puras huevadas como podrán imaginarse, no no. Incluso me han confesado infidelidades un par de taxistas. Eso es lo que yo llamo psicóloga express. Sí, porque resulta que me di cuenta que casi todo el mundo en el transporte público termina contándome su vida. Y no cualquier tontera como el clima o lo mal que funciona el transantiago. No, dramas reales. Me siento en algo así como los free hugs, claro que lo mío sería algo como free listening, o algo así, yo no sé inglés.
Incluso hay días en que hablo con más de una persona en la micro. Tomen en consideración que mi recorrido diario es al menos de una hora. La cifra ha aumentado dado que mi pololo me robó los audífonos del Ipod así que la gente me habla con más confianza. No quiere decir que antes no me hablaban pero era menos... dado que la gente tiende a querer que alguien que escucha música no quiere ser interrumpido. ¡Qué tontera esa!, pero bueno...
Me pongo en sus lugares y debe ser re-divertido contarle algo a alguien que no conoces, que no volverás a ver y que tiene total libertad para darte su opinión porque eres una persona que le importa un comino. Algo así como honestidad garantizada. Lo que no logro entender es porque en la mayoría de las ocasiones esto me ocurre en la micro y no en el metro. ¿Se han fijado como que toda la gente cambia en el metro? Todos vamos como robotizados, caminamos por la derecha, esperamos que salgan todos antes de subir, miramos los mismos afiches que ubican en las paredes y techos (algunos los conocemos de memoria). Es más, hasta la gente se porta mejor, casi no se ven papeles en el metro. Nunca he entendido por qué nunca veo personal de metro barriendo y a la vez no veo basuras en el suelo. La micro tiene algo mágico que no tiene el metro. ¿Será que es más lenta? ¿Será que la gente se siente más en confianza en las micros y el metro les parece muy frío? ¿Será la inmediatez y exactitud del metro lo que nos molesta para hablar? Digo que las micros son mágicas porque una micro es la responsable de que yo esté aquí escribiéndome, escribiéndoles. Más de algunos de ustedes habrá escuchado por mi boca (esa que no se calla nunca) la historia de que mis abuelos se conocieron en una micro y están casados hasta el día de hoy. Felizmente, según sé.

1 comentario:

Romina dijo...

El metro es como una cápsula ...como que te roba energía, tan maquinal!!
A mi me solía pasar lo mismo que tú, sobretodo con abuelitas; siempre tienen algo que decir y algo para hacerte reir. Hoy entre tanto transbordo no hay tiempo.

La micro tiene ese no sé qué que te produce creatividad y soltura, como un lugar para sociabilizar si no te incomoda.