martes, 17 de febrero de 2009

Miami

Este verano fui a Miami. Un lugar que en mi vida se me habría ocurrido visitar. Es más, estoy completamente segura que no volveré, al menos en esta vida. Los pasajes eran regalados, por qué iba a negarme...

Fue dramático. Tanto así que a ratos produce angustia estar en un lugar como ése.
Todo era comida rápida y malls. Ingenuamente en cada centro comercial que conocí, al entrar, buscaba el directorio para ver dónde estaban las librerías.
No habían, ni siquiera una.

A veces pienso que los chilenos nos miramos demasiado en menos. Recordé que en nuestros shopping al menos hay 4 librerías en cada uno. Aquí ni siquiera me hacían el favor de poner una.

Pensé...suficiente Fernanda, siempre tan prejuiciosa. Pero no. Visité 5 malls porque las personas con las que andaba tenían esos intereses y en NINGUNO había una puta librería.

¿Qué puede hacer alguien como yo en Miami? NADA. Y no es que me crea intelectual, soy del montón, común y corriente. En un lugar así implemente sólo te puedes dedicar a comer, como cerdo, o comprar, como enfermo. Porque te bombardean con una cantidad de artículos inservibles que tú encuentras cool que no sabes cómo contenerte de no comprar y entrar en su peligroso juego. Y claramente ni comprar ni comer me gusta tanto como leer, visitar museos, conversar con las personas del lugar, adentrarme en su cultura, en sus características, etc. Pero eso no estaba disponible porque NO EXISTÍA.

Disney World fue más dramático aun. No fue para nada parecida a la experiencia de Disneyland (California). En Miami las personas sencillamente no paran de comer. No es que yo tenga algo en contra de la gente obesa. Todo lo contrario, sobre todo cuando proviene de una enfermedad asociada. Pero el descaro de comer como ellos comen no lo comprendo. Sólo me lo puedo explicar por carencias que deben tener y que mitigan o creen mitigar comiendo así. Un ejemplo:
Habían filas especiales para personas ancianas con sillas de ruedas. Sin embargo esas filas no estaban ocupadas por personas de la tercera edad sino por jóvenes madres obesas de no más de 30 años de edad. En otros casos, por jóvenes padres. Eso no lo vi en un juego o dos, lo presencié en cada atracción a la que me subí.

Lo peor de todo fue observar cómo crian a sus hijos. Tras cada juego, la salida es directamente a la tienda relacionada con la atracción. Es decir, para salir del juego necesariamente pasas por la tienda que vende todo lo que puedas imaginar que diga relación con la atracción de la que te acabas de bajar. Pues bien, ellos llenan a sus hijos de esos productos, no ponen límites. Al final del día los niños caminan con polera nueva, gorro nuevo, miles de chapitas colgando de un collar de género que venden especialmente para ello. A eso agreguen la cantidad de comida rápida que les compran durante el día. No hay un lugar saludable en ese sitio. Sólo vi comida rápida por todas partes y me llevé el olor pegado en la ropa.


Parece que no es trivial que Bush ganara en Florida...

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