martes, 28 de julio de 2009

Puta que canción más güena por la %Y&$&$"#!!


Un viejo que fuera comunista
se sienta a fumar la tarde entera
mientras buena lluvia cae afuera
con voz desnuda, el viejo piensa
porque coinciden en su ventana
palomas grises con la pena que fumara
palomas grises con la pena que fumara

Tornan sus ojos a un día lejos
cuando a un libro, un verso, a una muchacha un pensamiento.
cuando a un libro, un verso, a una muchacha un pensamiento.
cree que ya nada lo sorprende
que se curó de espanto, desgastó el llanto
se curó de espanto, desgastó el llanto

Recordó canciones que cantaba
y conversaciones con amigos hasta el alba
y conversaciones con amigos hasta el alba
recordó la esquina de su casa
cuando dijo adiós y vio a su madre que lloraba
cuando dijo adiós y vio a su madre que lloraba

Y ahora en sus ojos también llueve,
pues le sorprende que aun le duele....
los años, la vida, su amor
los años, la vida, su amor

ohh ohh aún le duele
ohh ohh aún le duele
ohh ohh aún le duele
ohh ohh aún le duele

[Manuel García - Un viejo comunista]

lunes, 20 de julio de 2009

Vísperas de un nuevo aniversario



Todos renegamos del amor hasta que nos toca. Todos pensamos en lo estúpidas que se ven las personas enamoradas hasta que nos enamoramos. Todos hablamos mal a espaldas de los tortolitos hasta que los tortolitos somos nosotros.

Sí, quizás supe que te amaba cuando te pedí que salieras de la sala en el examen oral de derecho romano para no ponerme nerviosa. Me importaba más decepcionarte que sacarme mala nota. Afortunadamente ninguna de las dos ocurrió.

De eso más de 4 años ¿será posible?

miércoles, 8 de julio de 2009

martes, 7 de julio de 2009

¿Cuánto pesan 9 kilos?

Desde niña fui flaca. Nunca tuve problemas de tallas ni de autoestima.
Sin embargo, papá siempre me reprochó el hecho de no hacer ejercicios. Mi guata era plana, pero él poco más y pensaba que había que tener calugas (guácala).
A mi no me podía importar menos porque yo le decía que estaba flaca y él no tenía cómo rebatir eso.

Nunca me acomplejé, aparte de mi papá, jamás alguien me hizo un comentario a ese respecto. Mamá siempre reafirmó mi autoestima diciéndome que era la niña más linda y buena, y así también mis abuelos, mi hermana, y un largo etc.
Desde que dejé de crecer, cuando alcancé el metro 65, siempre pesé entre 48 y 50 kilos.
En cuatro medio usaba poleras que tenía desde séptimo básico.

Jamás me privé de algo. Nunca hice una dieta. Mi colación eran capris, snacks mix, bom bom bum, y cualquier golosina que quisiera adquirir. Hasta era cagada para compartir y ponía los dedos en mis “hobbies” para que el mordisco de quien me pedía un trozo no fuera tan grande.

Cuando entré a la U las cosas eran más o menos igual. Almorzaba religiosamente todos los días un completo, mi leche del recreo estaba llena de azúcar y era chocolatada.

Todo cambió hace ya casi un par de años. De un momento a otro noté cómo mi cuerpo cambiaba pese a que yo seguía comiendo igual que siempre (o sea pura basura).
Me hice los exámenes de rigor y ahí estaba: el maldito problema a la tiroides de toda la rama materna femenina.

No me acuerdo cuánto rato lloré, había subido 9 kilos y sabía que me costaría un mundo bajarlos (si es que llegaba a bajarlos). Toda la ropa me quedaba chica.

Intenté hacer una dieta que con cueva me debe haber durado mes y medio y por supuesto bajé con suerte 1,5 kilo. Fui por breve tiempo a curves que no me sirvió para nada y después, ya desesperada, me inscribí en un gimnasio al que alcancé a asistir durante 3 meses (de forma bastante irregular por cierto). Nada dio resultados.

Entendí que lo que estaba cagando todo era la forma en cómo comía golosinas. Y acepté que no podía vivir sin ellas tampoco.
Me fui relajando, opté por hacer actividades que sí me gustan como caminar harto. Dejé de subir en ascensor. Me comprometí conmigo misma a comer una cosa rica al día pero sólo una. Tuve que cambiar la exquisita leche entera por descremada, comencé a comer azúcar sana (pasas, mermeladas de la abuela, mucha fruta). Ya no gasto dinero para cabritas en el cine.
Dejé de pesarme y al cabo de un año había bajado 7 kilos. Mi ropa vieja me quedaba buena, mis vestidos de fiesta me entraban a la perfección, todo volvió a la normalidad.
Volví a hacerme los exámenes y la tiroiditis se había ido.

Sin embargo, algo cambió dentro de mí. Esta experiencia permitió apreciar lo horrible que es ser gorda. No por una, no por cómo te ves a ti misma, sino por cómo te ven y te juzgan los otros.
Hoy procuro no hacer comentarios sobre personas que "están pasadas de peso", hoy me quejo en las tiendas cuando veo que no hay ropa para mi mamá, hoy freno en seco a mi padre cuando dice algo sobre los insignificantes "rollos" de mis primas.

Gente a mi alrededor me hacía comentarios, a veces hasta simpáticos, como “que bueno que ya no eres tan flaquita”.
Pero lo más triste de todo es que lo primero que me decían personas que no veía hace tiempo era lo gorda que estaba.

Lo peor de todo es que nunca estuve gorda. Una persona que mide 1.65 y pesa 59 es médicamente normal, ni siquiera tiene sobrepeso.

Cuando volví parecerme a mi peso normal, lo primero que me decían es ¡qué flaca estás!, ¡qué bueno que bajaste de peso! o ¡qué bien te ves!
¿Es que acaso cuando nos encontramos con alguien no hay preguntas más bonitas para hacer como…cómo estás, cómo van los estudios, cómo está tu familia, eres feliz?

Hoy peso 52 kilos y no tengo interés en bajar un gramo más. No me interesa parecerme a la niña de cuarto medio sin trasero.
No me interesa morir mañana y haber comido lechuga todos los días de mi vida, tampoco me interesa tener la guata perfecta, los muslos perfectos y los brazos perfectos.
¡¡¡No transo mi mini-sahne nuss diario!!!

Hoy soy feliz con mi cuerpo, me parece hermoso y no le cambiaría nada.